La poesía empieza donde la palabra pierde el sentido

muero en una ciudad

muero en una ciudad
oficialmente
rebosante de alegría

aquí no hay sitio
para los cadáveres

no busques nada triste
en estas calles

aquí
por decreto
nada muere

ni las personas
ni los animales
ni las plantas

ni siquiera las hojas
llegan a caer
nunca
de los árboles

nada ni nadie agoniza
llora
o sufre

por las noches
cualquier resquicio de pena
es conducido
sin demora
a las morgues

como si de algo pornográfico
se tratase

¿sabrá esta ciudad de su gangrena?
¿sabrá esta ciudad de sus habitantes
muertos en vida?

si lo supiera
se envolvería en una lápida
de mármol rosa

pero también

pena

pero también azahar
y romero en flor
y caricia suave
y abrazos que aprietan las costillas

dolor

pero también sonrisa
y puesta de sol
y orgullo de ti
y compasión

pena

pero también vida
y amanecer rosado
y brillo diamantino del mar
y familia

dolor

pero también mañana
y despertar
y tus ojos
y otra vez la vida 

este puñado de sangre

este puñado de sangre
sigue empeñado en andar
caminos empinados de locura

estoy cansado de mi voz cansada
que sólo sabe cantar en voz baja

añoro gritar en el filo de los cuchillos
como cuando era un niño

añoro sentir el agua fresca del mar
helando mi sexo duro

añoro el sol

pensé que nunca lo diría
pero lo he dicho

añoro el sol de la mañana

ojalá pudiera salir al balcón
y gritar ahogándome en mi vida
que añoro el sol de la mañana 

"El genio de la multitud", poema de Charles Bukowski.


la diosa blanca

me ciegan las sombras
de esta noche sin oxígeno

huyo  desesperado buscando
el regazo de las faldas
de las mujeres de los pueblos

me aprieto el nudo de la corbata
hasta partirme el cuello

y no pasa nada

por mucho que corra
por los caminos del miedo
nunca podré escapar de la nieve
que me hiela la sangre
que me congela los pensamientos
que se infiltra hasta lo más hondo de mis huesos

abraza todo mi cuerpo
como la amante más perfecta

no concibo la vida sin sus besos

por las noches salgo a buscarla
con una roca pesada sobre el pecho

espero estar entre sus brazos
cuando el alba venga a recordarme
que las diosas devoran a los hombres
por el mero capricho de hacerlo

asesinato de la madrugada

                I

solo sombras amarillentas
pasean sobre el asfalto
buscando un tugurio de madrugada

en la ciudad
no hay espacio para los cuerpos

solo sombras alargadas
y el esqueleto apestando a orín
de las voces
que transporta el viento

madrugadas ansiolíticas
bálsamo narcótico

               II

el alba llena de ira
despelleja con mil cuchillos
a la realidad

al aire queda la vida
que llora cuando se ve desnuda
delante del espejo del día

el gallo de la aurora
asesina a las sombras
con su terrible canto

qué cruel espectáculo de fuego
el holocausto de la mañana

corren los espectros
al abrigo de la penumbra

cuando caiga la noche
volverán a los cenáculos